ZURICH MARATÓN SEVILLA 2017. 19 FEBRERO

Tenemos la crónica de la participación de MARIO en ZURICH MARATÓN SEVILLA 2017:

CRÓNICA DE MI PARTICIPACIÓN EN EL MARATÓN DE SEVILLA 2017

 

Es bastante habitual que a un corredor le pregunten qué beneficio obtiene corriendo si seguramente nunca gane nada y también es bastante habitual que el que formula la pregunta se sorprenda de que participar en carreras cueste dinero.

De la misma manera, también es frecuente que los corredores nos pregunten a las liebres qué obtenemos a cambio e igualmente se sorprendan de que no sólo no somos recompensados económicamente, sino que algunos incluso pagamos gustosos una inscripción, un billete de avión o una habitación de hotel para llevar a cabo nuestra labor.

La recompensa que recibimos, o al menos la que recibo resulta mucho más valiosa que una contraprestación material, pues en primer lugar supone un motivo de orgullo el que la organización deposite en ti la confianza necesaria como para atribuirte la responsabilidad de guiar a los corredores hacia su objetivo; también he de decir que yo, cuando voy a ritmos demasiado altos, pierdo la visión periférica, por lo que a menudo ni sé por dónde voy ni soy capaz de recordarlo al día siguiente, en cambio el hecho de ir a un ritmo “fácil” me permite disfrutar del recorrido en todo su esplendor, lo cual en Sevilla es muy de agradecer; y por último cabe destacar la importante lección de vida que recibes cuando compartes cuarenta y dos kilómetros con personas que, aunque de entrada tengan un nivel deportivo por debajo del tuyo, entrenan, se sacrifican y sufren igual que tú. Sus marcas son distintas, pero ponen la misma ilusión y la misma pasión en lo que están haciendo que pongo yo a la hora de preparar mis competiciones. Es bastante común en corredores populares menospreciar el trabajo de la gente que va por detrás en carrera cuando, en mi opinión, deberíamos valorarlo más aún que el nuestro.

Por estos motivos decidí repetir la experiencia del año pasado y volví a pedir globo para la edición 2017. Volví a hacer el medio maratón de Getafe para evaluar, como cada año, el estado de forma y bajé seis minutos la marca de 2016. Todo en orden.

El día amaneció frío y oscuro, Aemet llevaba toda la semana pronosticando lluvia y viento y parecía que la amenaza iba a cumplirse. A las 7:30 de la mañana llegué a la salida ubicada en los alrededores del estadio de la Cartuja, me identifiqué como liebre, recogí mi globo (dejé la mochila en la carpa élite, todo sea dicho) saludé a Martín Fiz y Paula González Berodia y, con el cordel del globo en una mano y mi versión china de Go Pro en la otra, me dirigí al cajón de +4 horas, al que, en un primer momento, el voluntario no quería dejarme acceder pues el color de mi dorsal correspondía al cajón sub 3:15. Bastaron tres minutos y varias decenas de explicaciones para que comprendiera que debía entrar por ahí y el incidente quedó resuelto.

A las 8:30 sonó el disparo de salida y puse en marcha el cronómetro que llevaba en la muñeca derecha y que iba a utilizar para medir el tiempo oficial. En torno a las 8:34 paso por el arco de salida y pongo en marcha el Garmin, que llevaba en la izquierda para controlar el ritmo de carrera. La idea era sencilla, había hecho cuentas para compensar los cerca de cinco minutos que se pierden en salida y el margen de error del gps y había concluido que si me mantenía a 5:55 (según gps) llegaría a meta a tiempo sin necesidad de pegar ni un solo acelerón que pudiera afectar a mi grupo de corredores.

La salida fue bastante fluida y poco después de pasar la señal del primer kilómetro ya íbamos a ritmo. Al pasar por el km 2 giré la cabeza y pude comprobar que se había formado un buen grupo de gente a mi estela. Las caras mostraban una mezcla de ilusión y nerviosismo que me hizo recordar la primera vez que me enfrenté a la distancia.

La lluvia aún no había aparecido, pero el fuerte viento hacía que el globo fuera pegando tirones hacia los lados y hacia atrás. Mientras atravesábamos Triana empezaba a preocuparme que, al igual que en 2016, el cordel terminara por romperse.

Cruzamos por primera vez el Guadalquivir y giramos a la izquierda para pasar junto a la Torre del Oro y la Maestranza. En este punto empieza a haber muy buen ambiente de público y además, el cielo empieza a despejarse.

Poco después nos encontramos con la única cuesta de todo el recorrido, pues hay que pasar por debajo de un túnel para enfilar la recta que conduce al kilómetro 10. El grupo todavía es compacto y los corredores tienen buena cara, pero no veo a la otra liebre, que ha debido quedarse atrás.

A partir de este punto entramos en una parte en la que, a excepción de La Macarena, no tiene especial interés, pero de alguna forma es inevitable que si pretendes hacer un recorrido de 42 kilómetros en un sola vuelta, haya tramos aburridos. El paso por el medio maratón rompe momentáneamente la monotonía de la marcha y se percibe una mezcla de alegría y alivio entre la gente que viene a mi alrededor. Es entonces cuando la otra liebre de 4:15 me da alcance y nos presentamos formalmente.

El hecho de ir a la par me facilita poder hacer una pequeña parada técnica, pues ya llevo algo más de dos horas corriendo y han pasado casi cuatro desde que salí del hotel. Van cayendo los kilómetros por la parte más aburrida del recorrido y hacia el kilómetro 30 veo que vuelvo a distanciarme del compañero.

A estas alturas ha habido ya unas cuantas bajas en el grupo. Hay que tener en cuenta que 4:15 es un objetivo de debutante o de personas que vuelven de un periodo de inactividad, por lo que el índice de abandonos es significativo. Empieza a acusarse ligeramente el calor y estamos ya a unos pocos cientos de metros de mi parte favorita del recorrido.

Atravieso el parque de María Luisa acompañado por otro corredor de Boadilla e inmediatamente a continuación entramos en la Plaza de España, que está atestada un público totalmente volcado con los corredores y que estará presente hasta casi el final de la prueba.

Los kilómetros siguientes unen la Plaza con el Ayuntamiento y éste con el Estadio. El paso se estrecha y empiezan a verse cada vez más víctimas del muro, o del hombre del mazo (en función de la nacionalidad del lector). Cruzamos nuevamente el Guadalquivir para alcanzar el kilómetro 40 y ya sólo me siguen seis corredores de los más de veinte que formaban parte de mi grupo.

El Estadio de la Cartuja luce especialmente hermoso cuando lo divisas a lo lejos después de casi cuarenta y un kilómetros corriendo. Casi sin darnos cuenta, llegamos al túnel de acceso que comunica el exterior con la malograda pista que algún día albergó un mundial de atletismo. Al final de la contrarrecta se encuentra el ansiado indicador del kilómetro 42; decido coger la curva por fuera para tener un buen plano de los corredores que van llegando y me dispongo a enfrentar la meta, que atravieso en 4:14:47, tiempo oficial. Misión cumplida.

Mientras recojo la medalla y la mochila observo que algunos de los corredores a los que había perdido cruzan meta y me invade una sensación de alivio. Puede que no hayan conseguido su objetivo, pero no ha habido heridos y sus caras muestran una gran satisfacción. Esto es lo que, al menos desde mi punto de vista, hace que mi labor tenga sentido. Me despido del grupo deseándoles lo mejor y le regalo el globo a uno de los integrantes, que me lo había pedido para su hijo. Espero volver a verlos a todos, y a quien quiera unirse, en la edición 2018.

 

https://www.youtube.com/watch?v=2L2wAtpImKU

 

 

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